Agradecimiento previo: Gracias por inspirar esta fábula al no menos fabuloso don José María Núñez, Coordinador General Técnico del Ayuntamiento de Alcalá de Guadaíra y mano derecha de Antonio Gutiérrez Limones, quien tras el segundo café matutino en menos de treinta minutos a por el que acudió en la mañana del 8 junio de 2010, por lo que fue increpado por un grupo de trabajadores que se encontraban a la puerta del Ayuntamiento quienes dijeron: “¿el segundo café del día?, a lo que contestó sonriente: “Y los que me quedan”…“El limón y los guisantes en la vaina”
Dieciséis guisantes estaban encerrados en una vaina, y como ellos eran verdes y la vaina era verde también, creían que el mundo entero era verde. Creció la vaina y crecieron los guisantes y para aprovechar mejor el espacio, se pusieron en fila.
El primero, el mayor y más cercano al “gran limón” se llamaba José María. Por fuera lucía el sol y el gran limón al que veneraban no era más que un cítrico que les daba sombra y mantenía la temperatura perfecta en la vaina. El interior era tibio y confortable, había claridad de día y oscuridad de noche, tal y como debe ser; y los guisantes, en la vaina, iban creciendo y se entregaban a sus reflexiones matutinas, pues en algo debían ocuparse.
- ¡Cómo engordo! -exclamaba satisfecho el mayor de los guisantes-. Gracias a ser el más cercano al limón acabaré por reventar, que es todo lo que puede hacer un guisante. Soy el más notable de los guisantes que crecemos en la misma vaina.
Y fueron transcurriendo las semanas; los guisantes se volvieron amarillos, y la vaina, también.
- ¡El mundo entero se ha vuelto amarillo! -exclamaron; y podían afirmarlo sin reservas.
Un día sintieron un tirón cercano; el limón había desaparecido, viajaba en un camión lleno de las amarillas frutas hacia Madrid para ser adorno en un frutero dentro de una zapatería.
José María, el guisante mayor y más cercano al limonero, lejos de llorar la marcha del limón, vio su oportunidad para ser venerado como lo era el cítrico y se auto proclamó líder de la vaina, su posición de cabecera dentro de la funda de guisantes le permitía dar sombra al resto y así lo hizo.
Durante un tiempo el mayor de los guisantes fue venerado por los demás, tanto que incluso se puso gafas y se dejó crecer la barba para parecer tan inteligente como lo era el gran limón.
De pronto un día, viviendo los guisantes tranquilos… ¡Zas!, estalló la vaina y los dieciséis guisantes salieron rodando a la luz del sol. Estaban en manos de un trabajador que los recolectaba.
- ¡Heme aquí volando por el vasto mundo! exclamaba asombrado el mayor de los guisantes justo antes de ser arrojado dentro de una lata de conserva.
Vivía en un viejo piso una pobre mujer que se ausentaba durante la jornada después de llevar a sus hijos al colegio para dedicarse a limpiar casas ajenas, pues no le faltaban fuerzas ni ánimos, a pesar de lo cual seguía en la pobreza.
Llegó la primavera; una mañana, temprano aún, cuando la madre se disponía a marcharse a la faena, el sol entró piadoso a la cocina por una ventanuca e iluminó una solitaria lata de conservas llena de guisantes, a lo que la mujer expresó:
Hoy comeremos guisantes.
Moraleja: La vaina se ha vuelto amarilla y los trabajadores, que no tienen dinero para ostras, se disponen a comer guisantes, quizás no te queden tantos cafés.
Alberto J. Miranda.
